El 10 de abril de 1940, mientras el ruido de
los motores de 16 bombarderos en picado
británicos ocultos entre las nubes se perdía por el horizonte, junto a
los muelles de la ciudad portuaria de Bergen, en Noruega, una mole de acero
gris envuelta en humo escoraba peligrosamente ante las miradas impotentes de
miles de alemanes diseminados en ambas orillas del fiordo. El crucero ligero Koenigsberg, mortalmente dañado por
bombas e impactos de batería costeras daba la vuelta quedando casi totalmente
sumergido en las gélidas aguas. Ahí
acabó su periplo militar hasta quedar convertido en chatarra tras el fin de la
segunda guerra mundial. Ese crucero, vital para el buen desarrollo de la
operación que terminó con la conquista de Noruega, fue apenas tres años antes protagonista
de un suceso que llenó portadas en la prensa asturiana de la época, un suceso y
una historia curiosa que quedó grabada a fuego en la memoria colectiva de un
pequeño pueblo pesquero asturiano, Llastres.
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Los Skuas británicos bombardean al Koenigsberg en Bergen |
Hay sucesos que, por su honda impresión,
trascienden de lo cotidiano y se instauran en la memoria colectiva, pasando con
el tiempo de suceso a historia de viejos para, finalmente, pasar a ocupar un
puesto semi legendario. En el caso de un pueblo de gran arraigo marinero como
Llastres, estos sucesos suelen vincularse a la mar, a la fuente de vida de sus
pobladores durante generaciones. Cristos flotantes que aparecen en playas y
redes, grandes galernas que terminaron con la vida de muchos pescadores y, en
este caso, un gran buque de guerra extranjero que, manteniendo la pequeña
población de empinadas cuestas bajo la amenazante mirada de sus cañones,
realizó un curioso desembarco.
Recuerdo haber leído hace varios años un
reportaje en un periódico asturiano en el que vecinos de Llastres narraban sus recuerdos
de aquel día 12 de Enero de 1937, en el que creyeron que los nazis venían a
arrasar sus casas y sus vidas al tiempo que efectuaban la tan temida invasión
del territorio republicano por mar. Esto me despertó la curiosidad sobre el
asunto, del que en alguna obra sobre la guerra se citaba solamente como una
referencia de pasada hasta que un día, por pura casualidad, encontré un amplio
artículo en un ejemplar de la Revista de Historia Naval (1988, nº 21, editada
por el Instituto de Historia y Cultura Naval de la Armada Española) en el que
su autor, Francisco González Barredo contaba todos los pormenores del affaire
del “Marta Junquera”. A continuación, de entre lo extraído de este artículo y
algunas otras referencias bibliográficas, pasamos a narrar lo que he venido a
llamar el incidente del “Marta Junquera”.
* * *
En enero de 1937 el frente norte se
encontraba estabilizado. En tierra el ejército de milicias comenzaba, con pasos
vacilantes, a constituirse en un ejército de corte más formal. Dejó de estar
formado exclusivamente por milicianos voluntarios para comenzar a incorporar a
filas a los distintos reemplazos, formando nuevas unidades que poner en juego
en los distintos frentes abiertos. La guerra era total, consagrándose todos los
esfuerzos a la realización de tal fin. En el mar la situación podía decirse que
era angustiosa. La superioridad numérica, en potencia de fuego y cualitativa
por parte del bando nacional era total. Además de encontrarse en su poder el
mayor arsenal naval del Cantábrico, sus unidades eran mucho más potentes que
las republicanas, además de adolecer estas de una falta de cuadros
significativa, con la mayoría de la oficialidad bajo el punto de mira por sus
simpatías hacia los sublevados. En Xixón se encontraban destacados el
destructor José Luis Díez alias Pepe el del muelle, por lo escaso
de sus salidas operativas, así como los submarinos C-2 y C-5. En Bilbao se
encontraba la flotilla de bous armados que constituían la Marina de Guerra
Auxiliar de Euskadi, bastante más activa en las misiones de escolta de
convoyes, pero débilmente armados y protegidos. Por otro lado, como
espectadores de las andanzas del Velasco
o del Almirante Cervera, el Chulo del Cantábrico, unidades
navales anglo-alemanas, bajo el manto protector del Comité de No Intervención,
se hallaban diseminadas a lo largo de la costa española, principalmente en las
proximidades de los puertos, escoltando a mercantes fuera de las tres millas
que por aquel entonces marcaban el límite de las aguas jurisdiccionales. Uno de
estos barcos, alemán, era el crucero ligero Koenigsberg, un buque de guerra
nacido bajo las limitaciones impuestas tras la primera guerra mundial y que
representaba el renacer de la flota alemana tras la debacle que sufrió en Scapa
Flow en 1919.
El 23 diciembre de 1936, dos bous armados
vascos, el Bizkaia y el Nabarra, apresaban un mercante que navegaba desde
Pasajes a La Coruña, ambos puertos bajo control nacional, conduciéndolo a
Bilbao donde se procedió a su internamiento. Este buque, el Palos, de bandera alemana, pertenecía a
la naviera O.P.D.R. Hamburg. Era el segundo incidente con mercantes alemanes en
apenas tres días, tras un intento de detención de otro carguero alemán llamado Pluto. Ambos ocurrieron fuera de las
tres millas de aguas territoriales, lo que dio lugar a que el gobierno alemán
exigiera la inmediata liberación de dicho barco, para lo cual se presentó
frente al abra de Bilbao el citado crucero alemán. Tras varios días de
negociaciones el buque fue liberado, pero se le retuvo una parte de su
cargamento por ser considerado material de guerra, así como un ciudadano
español que viajaba a bordo. Las autoridades germanas consideraron que ambas
actuaciones eran jurídicamente ilegales, al haberse efectuado el apresamiento
en aguas internacionales, retener a un pasajero en un buque de pabellón
extranjero y no considerar la carga como material de guerra, por lo que dio
orden a sus unidades navales de que, en modo de represalia, apresaran mercantes
republicanos. El primero en caer fue el Aragón,
una motonave de la Compañía Transmediterránea que transportaba alimentos y
mineral entre Alicante y Málaga, a manos del acorazado alemán Admiral Graf Spee, en la que sería su
primera presa de las muchas que realizaría en su vida operativa. Por otro lado,
a mil kilómetros de distancia, el vapor de la Duro Felguera Sotón abandonaba el 1 de enero de 1937
Bilbao cargado de mineral de hierro de las minas de Somorrostro para las
acerías xixonesas. Al poco de salir de puerto apercibió cómo era seguido con
rumbo paralelo por un buque militar extranjero, algo que por aquel entonces era
habitual. Al llegar a Santoña, los tripulantes de varios pesqueros locales les
comunicaron la presencia en aquellas aguas del acorazado nacional España, por
lo cual el vapor optó por buscar refugio en el puerto cántabro. En cuanto el Sotón cambió de rumbo el buque alemán,
el Koenigsberg, que de él se trataba,
puso proa a toda máquina en dirección a tierra al tiempo que por medio de
banderas y pitadas conminaba al mercante a detenerse. El Sotón no hizo caso por lo que en unos minutos las bocinas dejaron
paso al sordo rugir de los cañones que abrieron fuego de advertencia. El primer
disparo cayó por la proa del vapor asturiano, tras lo cual el buque cambió de
rumbo con la mala fortuna de varar en el bajo de San Carlos, frente a la
fortaleza del mismo nombre en la ladera oriental de la punta de El Caballo. Se
le hizo llegar al Capitán una declaración de apresamiento y un ultimátum,
ordenándole navegar siguiendo sus órdenes bajo pena de ser cañoneado, pero como
el barco seguía varado no pudo obedecerlas por lo que fue cañoneado. El
proyectil pasó largo cayendo dentro de la bahía y dejando intacto al Sotón. El comandante del Koenigsberg, viendo imposible cumplir
sus objetivos, se retiró rumiando su impotencia.
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El Sotón atracado en puerto |
Buscando resarcirse del fracaso con el vapor
asturiano, a los dos días, el 3 de enero, otro mercante republicano, el
santanderino Marta Junquera, de la compañía Vapores Costeros, abandona Bilbao
con destino Santander y Xixón, cargado de patatas. Al igual que en el caso
anterior, al llegar a la altura de Santoña avistan al buque alemán, que los sigue hasta que al llegar a cabo Ajo
decide interponerse en su derrota, comunicándole mediante banderas la orden de
detención, tras lo cual la embarcación es abordada por una falúa con una
dotación de presa que se apodera del mercante, enarbolando su propia
enseña. Navegando en conserva el día 5
arriban a Ferrol donde, buque y tripulación, permanecen internados bajo
soberanía alemana.
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El Marta Junquera una vez apresado por los alemanes |
El gobierno alemán exigió la entrega del
cargamento retenido del Palos y del
ciudadano español retenido como medida para la liberación de los dos barcos
apresados así como sus cargas y tripulaciones. Dio entonces comienzo una
batalla legal y diplomática entre el gobierno de la República, el Comité de No
Intervención y las autoridades alemanas, en las que unos y otros se reprochaban
los apresamientos e invocaban al derecho internacional, sin terminar de llegar
a ningún acuerdo, por lo que, tras vencer un ultimátum dado por los alemanes al
gobierno de Valencia, ambos buques con sus cargamentos fueron entregados a la
junta de Burgos. Antes de hacer efectiva la entrega la tripulación fue
embarcada en el crucero alemán, prometiéndoseles libertar en algún puerto
asturiano.
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Puerto antiguo de Xixón, destino de los vapores atacados Sotón y Marta Junquera |
El día 11 de enero, el buque abandonaba
Ferrol rumbo oeste. Fueron descartados Avilés y Xixón como puertos de
desembarco, a fin de no despertar la alarma entre la población y las propias
autoridades, además de tratarse de puertos con defensas costeras, aeródromos
cercanos y con presencia de alguna unidad naval y campos minados, por lo que se
decidió aproar al pequeño puerto de Llastres, a donde llegaba la mañana del día
12.
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Playa de La Griega frente a la cual fondeó el Koenigsberg |
Costeando muy próximo a tierra el Koenigsberg dobló la punta Misiera con
rumbo E, virando a estribor para fondear
enfrente de la playa de La Griega, con la proa apuntando al pequeño pueblo
pesquero. La presencia de la mole de acero gris no pasó desapercibida entre la
población, ocupada en aquellas horas en las tareas propias de la actividad pesquera.
Acostumbrados a la continua presencia del Cervera
o del Velasco, cuyas siluetas
eran de sobra conocidas entre los habitantes de la franja costera, aquel buque
desconocido llenó de inquietud a los habitantes llastrinos. La bandera de la
armada nazi, roja con una cruz gamada, era claramente visible en la toldilla
del buque. Todos los habitantes, enterados de la presencia naval extranjera,
corrieron a presenciar lo que allí ocurría. En el puerto fue acumulándose la gente, entre
ellos los escasos milicianos destacados en el pueblo, armados con los fusiles
más antiguos de los que disponía el gobierno del consejo de Asturies y León.
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Llastres, cuesta'l muelle |
A bordo del crucero alemán, identificado con
el famoso Koenigsberg de cuyas
correrías se hacía profuso eco el diario Avance durante aquellos días, la
actividad era febril. Mientras se procedía a echar al agua varias falúas se
hacía sonar la señal de zafarrancho de combate, mientras que las torres
principales de artillería, de 150/60mm, giraban apuntando sus bocas sobre la población.
A popa de la primera chimenea, dispuesto sobre su catapulta y con el motor en
marcha, un hidroavión Heinkel He 60 permanecía dispuesto para ser lanzado tan
pronto como fuera necesario. Las falúas arriadas, dos, pronto se vieron
repletas de hombres, muchos de los cuales vestían uniformes de marinos. Una de
ellas llevaba una ametralladora pesada en la proa.
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Torres de artilleria popeles y puesto de dirección de tiro del crucero alemán |
Sobre los muelles, en las empinadas cuestas
de Llastres, desde los praos y las quintanas de la rasa de Colunga, los
habitantes temieron encontrarse ante el inicio de un desembarco de las hordas
fascistas. Los milicianos de la defensa costera amartillaron sus mosquetones y
se aprestaron a una defensa tan absurda como imposible. La tensión se palpaba
en el ambiente.
Las falúas se separaron del costado del
crucero, y mientras que la primera, cargada de hombres, embocaba hacia la bocana del muelle pesquero,
la segunda se mantenía unos metros atrás con la ametralladora lista cubriendo
el avance de su compañera. La tensión alcanzó su punto álgido cuando uno de los
milicianos intentó arrojar una granada de mano sobre la primera falúa que ya
casi tocaba tierra, pero por fortuna para todos, uno de los presentes pudo
sujetarle el brazo y evitar lo que a todas luces hubiese terminado en un inútil
derramamiento de sangre.
Atracó la embarcación junto a la rambla, y
allí, rodeados por uniformes alemanes, los habitantes de Llastres pudieron
observar a un grupo de españoles que saludaban con el puño en alto. Fueron
desembarcando poco a poco entre la expectación de los presentes, 15 hombres
vestidos de paisano y el último, con uniforme y gorra de plato. Era el capitán
Joaquín Landa y la tripulación del Marta
Junquera. La falúa alemana se separó del muelle y, virando en redondo,
salió de la dársena pesquera para reunirse con la que esperaba afuera. Los
alemanes salieron despidiéndose de los desembarcados con el saludo militar,
mientras que desde los muelles se levantaba el puño en alto y se daban vivas a
la República. Las embarcaciones
volvieron al crucero y fueron izadas a bordo. Pocos minutos más tarde viraba
cadena y finalmente abandonaba la ensenada para dirigirse a Alemania,
finalizando su periplo por estas aguas cantábricas.
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Curiosa imagen con el Koenigsberg enarbolando la enseña británica en un parada naval previa a la guerra |
La noticia corrió como la pólvora. El capitán
enseguida fue conducido a Xixón a prestar declaración en la Consejería de
Marina, mientras que la tripulación lo hizo al día siguiente por no encontrarse
en condiciones tras celebrar su liberación. El Marta Junquera quedaría bajo control de la junta de Burgos que lo
empleó como unidad auxiliar para la flotilla de bous armados con base en
Ribadeo.
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El Marta Junquera |
Pasados los años, los sucesos de aquel día
fueron quedándose en una anécdota curiosa que contar los días de orbayu al
calor de un chigre, en compañía de una pinta de vino pero, aquella gris y
húmeda mañana del 12 de Enero de 1937, en Llastres hubo momentos en los que los
habitantes, temerosos, se creían encontrar ante una invasión por mar, y quiso
la fortuna que no se produjera incidente alguno que pudiera haber desembocado
en una acción de represalia sobre la población asturiana de consecuencias
fatales.
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El periplo del Marta Junquera y su tripulación |