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domingo, 10 de marzo de 2013

La mujer del marino



     Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Yo no soy un gran hombre así que prefiero que la gran mujer que tengo camine a mi lado. 


       Pasados los múltiples reconocimientos que trae aparejados consigo la institución del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, quiero yo desde estas líneas ofrecer mi más sincero homenaje a un grupo especial de mujeres, las mujeres de los marinos.

     Alejados del hogar en el desempeño de un trabajo muchas veces ingrato, en la soledad de los fríos mamparos de un buque rodeado de cientos de millas de horizonte azul, privados de los pequeños placeres de la vida cotidiana, sin un soporte moral sobre el que levantarnos en los momentos de ánimo tormentoso, pero con el orgullo de saber que, más tarde o más temprano, a la vuelta a casa, encontraremos allí los cálidos brazos de la persona amada.

     Mujeres, a veces, de frágil apariencia, pero que voluntariamente aceptan una vida en la que continuamente se verán privadas de la presencia de su pareja, que tendrán que cargar ellas solas con todo el peso de sacar adelante una familia, que tendrán que ser padre y madre a un tiempo, multiplicarse en sus funciones, estirar las horas del día para que todo vaya bien.  Sobrellevar sinsabores en soledad, no poder permitirse desfallecer. No poder darse el lujo de dejar de tirar del carro, y sin nadie a su lado que le pueda dar el relevo. Tener que llorar a escondidas cuando piensan que no pueden más, sin una mano al lado que seque sus lágrimas, pero sacando siempre fuerzas de dentro para afrontar el siguiente día y, cuando por fin vuelve a casa su hombre, saber recibirlo con una sonrisa en la boca y un brillo especial en los ojos.

     Vaya a ellas, allá donde estén, sean quienes sean, mi más sentido agradecimiento y mi más profundo respeto. Y de entre todas ellas a una en especial, a la mía, a la que me espera con una sonrisa en los labios y ese brillo que tanto anhelo en los ojos.


Una sirena llora
la salida de un barco
sobre el agua que borra.

Yo sufro la ausencia
y el espacio duro;
la pena es un muro.

La ruta es una trampa:
Ni trenes, ni navío;
El viaje está vacío.


* * * 

Me pedían su parte de esa entraña
que dilata nuestros votos incumplidos,
a fin de que el ahogado, el grumete o el corsario
encuentren bajo el agua verde y la sal que macera,
el amor y el calor de las camas profundas.

Querían ese corazón para sufrir y saber
los cantos de dolor y sus sollozos roncos,
y comprender por qué cuando amanece el día
revelando el naufragio y la barca vacía,
la mujer del marino acude a la rompiente.

Cedí, temblando, al llanto de sus ojos transparentes,
a sus enamorados gritos de sombras y rumor;
entre sus dedos lascivos y sus anillos de perlas
vi mi corazón hundirse en la cavidad negra de las olas
y en el abismo del viento donde va lo que muere.

Lo vi descender al pozo de las tormentas,
abrirse como un loto en las aguas tranquilas,
bailar en las olas, rebotar en las crestas,
y en hilos centelleantes que detiene el temblor,
engancharse al cabello de las cañas gimiendo.

Vi su sangre tibia manchar el mar inmenso.
Como un sol herido que naufraga victorioso
dejando por detrás la nada y la demencia;
lo vi tragado por la noche que comienza
y luego ya no vi más lo que era mi corazón.

                                      Marguerite Yourcenar


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